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17 julio, 2019
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Espectáculos

Los oficios que resisten los avatares de la tecnología

Parecen detenidos en el tiempo. Subsisten en medio del caos y el ritmo frenético de la ciudad. Son especialistas del trabajo manual, delicado y de calidad. Una paragüería, una casa de sombreros y una clínica de muñecas son exponentes de otra época. Sus productos y procesos son un toque de distinción que los diferencia de los enlatados de la industrialización. En la actualidad hacen malabares para continuar y resisten las importaciones.

Elías Fernández Pato, de 87 años, es dueño de la última paragüería de la Ciudad de Buenos Aires y responde al saludo con una frase pícara: “¿Cómo estoy? Esperando que llueva”. En 1950 llegó al país en barco desde Galicia, España, y hace más de seis décadas se dedica a proteger a las personas del agua que cae del cielo.

Los comienzos fueron muy duros. Arrancó como vendedor ambulante, con un atado de paraguas que le pidió a sus primos, y por dos años empleó la estrategia de recorrer el mismo lugar cada ocho días. La jugada maestra estuvo estudiada desde el minuto cero y la aplicó por la zona de Berisso y La Plata. “La idea era que me conocieran. La primera vez que pasaba, ni bolilla; la segunda me miraban y la tercera… Entonces iba ganando un poco de confianza, que es lo que hacía falta -remarca-. No cabe duda de que nosotros vivimos del agua. Si no llueve la gente no se acuerda de llevar el paraguas. Afortunadamente, hemos conservado nuestro oficio y así seguimos”, sostiene Fernández Pato.

El tsumani importador de los ‘90 pegó de lleno en la actividad. “Ahí fue la hecatombe -califica-. Nosotros subsistimos porque era algo familiar. Aquí entró el paraguas de descarte. Entonces, esos productos salían cuatro o cinco pesos y a nosotros eso nos salía sólo una varilla”.

Hoy, el que “lleva todo es mi hijo, sólo estoy pasando un poco el tiempo -explica-. Ahora no lo podría hacer ¡porque tendría que estudiar! No estoy a la altura de los acontecimientos. Ya es tarde”.

Las supersticiones en el local están descartadas. Cada vez que un cliente compra el producto tiene que testearlo. “Para nosotros es mala suerte no abrirlo, porque si no lo hacemos no vendemos”, se sincera.

Vestir una cabeza es un arte, una marca de distinción en medio del caos. Casa Maidana se dedica hace 109 años a producir sombreros a mano, cuyo proceso lleva un mínimo de ¡cuatro días cada uno! ¿Las opciones? Carajito, campero o borsalino son sólo algunas de este emblema de elegancia. “Todos los utensilios que usamos tienen 150 o 200 años. En ese sentido no hubo muchas transformaciones”, detalla Adriana Maidana.

El revival de este símbolo tuvo sus variaciones con el paso de las décadas. A principios del Siglo XX “se usaba más la galera, el bombín y el orión -cuenta-. En aquella época no cualquiera tenía uno de estos modelos si no pertenecía básicamente a una clase exclusiva. Usarlo era como haberse elevado socialmente”, relata. Por suerte, esas barreras se derribaron y en la actualidad la clientela es ATP. “El target es diverso: médicos, abogados, chicos de banda de rock o jazz, gente de campo y personas con problemas de piel, como el cáncer, a quienes los médicos directamente les prescribe el sombrero”, precisa.

La vidriera del local es un imán para los extranjeros que visitan la ciudad. “Les fascina el lugar. Ya no quedan países donde se hagan las cosas artesanalmente. Entonces, les llama la atención que haya un sitio donde se haga el sombrero a mano. Esto es de otra calidad”, apunta Maidana.

Al doctor Julio Roldán lo rodean a diario entre 400 y 500 muñecas en su clínica del barrio porteño de Almagro. Con 70 años y 52 en el oficio, asume el desafío de reparar cada juguete como un acto terapéutico. “Es muy difícil que encuentres dos iguales y al ser todas distintas tenés una aventura nueva para solucionar”, revela. “La gente te deja un valor afectivo increíble y eso no tiene precio”, continúa el dueño del local.

El sueño de Roldán empezó en Tulumba, Córdoba, en una casa de piso de tierra con techo de barro y paja. Ahí jugaba con sus diez hermanos a armar muñecos de adobe.

“Amo este trabajo. Soy feliz y me siento orgulloso”. Muchas de las reparaciones que encara son reliquias. “He arreglado muñecas de 140, 150 años -cuenta-. El laburo cayó, hay otras prioridades, como pagar la luz. Todos estamos golpeados y es una cadena”, aclara.

Las personas grandes nos esforzamos en dejar todo arreglado, no queremos que nuestros hijos gasten -aclara-. La gente trae la muñeca porque la madre se lo pidió en vida. No sólo lo hacen para cumplir con su promesa, sino que el corazón empuja a hacerlo”.

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